viernes, 23 de diciembre de 2011
miércoles, 21 de diciembre de 2011
Enamorado de tu cintura.
Ahora puedo decirte que tomé la decisión correcta, sin embargo no hay un día que pase sin arrepentirme de no haber tomado una opción diferente.
jueves, 15 de diciembre de 2011
De esto te hablo.
De que las promesas se rompen, que la ilusión se desgasta, y que los sueños se acaban, que la felicidad es solo un estado transitorio en el que nuestro subconsciente se cierra a las verdades del día a día…
Escondida entre cartones.
Están allí, hablando. Les mira una y otra vez. Le encantaría ir e interrumpir con un motivo verdaderamente importante pero… no encuentra ninguno. Mira el reloj, mientras intenta sonreír. Inventa motivos tontos que expliquen esa sonrisa falsa, esa que tan mal sabe ocultar. Tiene ganas de llorar. Le quiere, por eso sufre. Si no puede hacerte daño no te hará feliz. Eso es lo que siempre le han enseñado. Ya lo sabe. Le quiere. Quiere estar el resto de su vida con él. Es más feliz desde que están juntos. Pero no puede evitar sentirse inferior cuando aparece ella. Inteligente, guapa. Morena, delgada, tacones altos. Metro setenta, con las ideas muy claras. La envidia, aunque es mucho más madura que ella. Eso lo tiene muy claro. Ha intentado no tener en cuenta que estuvieron juntos, ha intentado no buscar motivos para odiarla. Es superior a sus fuerzas. Son amigos, muy buenos amigos. No puede obligarle a que ni siquiera la mire. Y entre bromita y bromita… en fin.
A veces, piensa que todo sería mejor si ella no le quisiera, sino estuvieran juntos. Sería más feliz, sería más fácil. Sino quisiera a nadie, sin problemas, sin compromiso. Sin sus besos, esas llamadas a media noche, cada abrazo… no. Le quiere. Y así, es feliz. Aunque esté ella. Si él lo supiera… pero tampoco puede decírselo. Es una de sus mejores amigas. Joder, ¿no podía ser otra?
Leyre mira destemplada a la puerta de la estación. Llevan allí más de una hora mientras los demás seguimos sentados en los bancos de la plaza de enfrente. Si Alfonso supiera lo mal que Leyre lo pasa cuando lo ve hablando con Noelia. Puf, si fuera solo hablar. Cuando la besa, cuando le da esos abrazos. Cuando estaban juntos, él le hacía chupetones, ¿por qué a Leyre no? Bueno Leyre siempre ha dicho que no le gustan, pero ahora quiere que se los haga.
“Haces daño y que no repares en ello es lo que te hace tan peligroso"
No puede. Quema algo en su interior. Querría ser mil veces mejor. Saber muchísimas cosas, cosas que quizás nadie supiera. Querría que él la mirase así, aunque todos le digan que cuando la mira se pone tonto. Querría que le hiciera chupetones. Incluso, querría ser ella en ocasiones. Pero, es otra. Sí, le tiene a él. Pero sufre más de lo que disfruta con él. Y eso, a veces, le lleva a pensar en acabar con todo. Punto y final a una historia, a un todo que quedaría en nada. Al menos así no sufriría. Sí, Alfonso es su mayor debilidad. Pero, también, es su fuerza.
Joder, mjahgnemjrnjgcgnmhnjau.
Da vueltas, saca conclusiones. Se estremece con lo que piensa, camina en círculos en su habitación. Manda todo a la mierda y luego vuelve buscando los restos. Más tarde, tras encontrar algunos escombros de sus sentimientos, hace girar su universo un par de veces y descoloca las piezas del puzzle para volver a empezar al amanecer. Y lo sabe, pero no lo acepta. Y habla de ello a veces, pero se contradice cuando alguien se atreve a mirarle fijamente. Duelen tantas cosas que no deberían.
-Tengo miedo- dice.
Pero no sabe lo que es el miedo. Miedo es encontrar en tu alma oscuridad, sentir tu mundo temblar más días al mes de los que eres plenamente feliz... No sabe acerca del dolor. No sabe acerca de la indiferencia. No sabe acerca de la desilusión. Ver sus labios temblar, agarrarle fuertemente las manos sin tener permiso para desatar tu tormenta interior. Porque se asustaría. Y sigues ahí, aguantando tu respiración, y la suya, compartiendo tus pulmones porque tú ya lo viviste antes y sobreviviste. Porque dejarse vencer es de débiles, y tú no eres débil. Odias la debilidad. Por eso sigues ahí, y seguirás hasta cuando decida tomar las riendas, porque ahora tú eres su ángel, y eso no cambiará jamás. Llorarás, porque llorar sana y calma. Pero secarás más lágrimas ajenas que propias, y en todo esto consiste querer a alguien.
Es bonito tener a personas que te quieran, pero es más bonito aún tener esa persona a la que quieres...
El rojo de sus labios.
No hace falta que me digáis eso de que perdéis la cabeza por eso de que sus caderas... Ya sé de sobra que tiene esa sonrisa y esas maneras y todo el remolino que forma en cada paso de gesto que da. Pero además la he visto seria, ser ella misma, y en serio que eso no se puede escribir en un poema. Y me empujan, embobados, intentando enlazar alguna palabra con algún sentido lógico.- “mírala cómo se revuelve sobre las baldosas”
Qué fácil parece a veces enamorarse. Todo eso de que ella puede llegar a ser ese puto único motivo de seguir vivo y a la mierda con la autodestrucción... Todo eso de que los besos de ciertas bocas saben mejor es un cuento que me sé desde el día que me dio dos besos y me dijo su nombre. Pero no sabes lo que es caer desde un precipicio y que ella aparezca de golpe y de frente para decirte, “venga, hazte un poeta y me lo cuentas”. No sabes lo que es despertarte y que ella se retuerza y bostece, luego te abrace y luego no sepas cómo deshacerte de todo el mundo. Así que supondrás que yo soy el primero que entiende, el que pierdas la cabeza por sus piernas y el sentido por sus palabras, y los huevos por un mínimo roce de mejilla. Que las suspicacias, los disimulos cuando su culo pasa, las incomodidades de orgullo que pueda provocarte, son algo con lo que ya cuento. Quiero decir que a mí de versos no me tienes que decir nada, que hace tiempo que escribo los míos. Que yo también la veo. Que cuando ella cruza por debajo del cielo sólo el tonto mira al cielo. Que sé cómo agacha la cabeza, levanta la mirada y se muerde el labio superior. Que conozco su voz en formato susurro, y formato gemido y en formato secreto. Que me sé sus cicatrices, y el sitio que la tienes que tocar en el este de su pie izquierdo para conseguir que se ría, y me sé lo de sus rodillas, y la forma en que roza las cuerdas de una guitarra.
Que yo también he memorizado su número de teléfono, pero también el número de sus escalones, y el número de veces que afina las cuerdas antes de ahorcarse por bulerías. Que no sólo conozco su última pesadilla, también las mil anteriores, y yo sí que no tengo cojones a decirle que no a nada, porque tengo más deudas con su espalda de las que nadie tendrá jamás con la luna (y mira que hay tontos enamorados en este mundo). Que sé la cara que pone cuando se deja ser completamente ella, rendida a ese puto milagro que supone que exista. Que la he visto volar por encima de poetas que valían mucho más que estos dedos, y la he visto formar un charco de arena rompiendo todos los relojes que la puso el camino, y la he visto hacerle competencia a cualquier amanecer por la ventana: no me hablen de paisajes si no han visto su cuerpo. Que lo de "Mira sí, un polvo es un polvo", y eso del tesoro pintado de rojo sobre sus uñas y sólo los sueños pueden posarse sobre las cinco letras de su nombre. Que te entiendo. Que yo escribo sobre lo mismo. Sobre la misma. Que razones tenemos todos. Pero yo, muchas más que vosotros. Sigo siendo el único que se ha enamorado completamente de ella.
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